Estudiantes y
docentes de la Escuela Sgto. Cabral, participaron activamente en la
organización del acto destinado a conmemorar a estas dos grandes figuras,
Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes, líderes indiscutidos en la
construcción de nuestra nacionalidad e identidad.
Fueron fundamentales para nuestra historia, se
caracterizaron por defender al pueblo y luchar contra las elites que pulsaban
por obtener poder y ganancias a costa del sufrimiento de los sectores populares
que daban la vida en la lucha por la independencia.
Acorde a la época,
nacieron con destinos prefijados: Güemes por tradición estaba destinado a ser
parte de la elite armada; Belgrano a las leyes, la economía y los salones.
Ambos estudiaron en el Colegio de San Carlos. A medida que daban sus primeros
pasos en sus respectivas carreras, también se iban dando los sucesos que desencadenaron
la Revolución de Mayo. Al fragor de la lucha por la independencia, el soldado y
el abogado confluyeron combatiendo en distintos territorios, pero del mismo
lado. Cuando ambos firmaron su alianza en favor del fuero gaucho que liberaba
al trabajador rural de las demandas de sus patrones, se ganaron los mismos
enemigos entre la aristocracia de Salta, Jujuy y Tucumán que no dudó en
traicionarlos a la primera de cambio.

Martín Miguel de
Güemes nació en Salta el 8 de febrero de 1875. De familia con buen pasar
económico, ingresó al ejército y viajó a Buenos Aires para continuar su
carrera. Las Invasiones Inglesas lo encontraron bajo las órdenes de Santiago de
Liniers. Fue protagonista de un hecho insólito como fue tomar un barco Inglés
con su carga de caballería. Primera demostración de su capacidad para la
estrategia bélica, basada en el factor sorpresa, que luego desarrolló
ampliamente en la resistencia contra los españoles. Luchó en el Alto Perú. En
1815 regresó a su provincia, fue electo gobernador y con su ejército de gauchos
conocidos como “Los infernales” desplegaron una guerra de guerrillas en la
frontera norte, que impidió el ingreso de los realistas.
Su coraje fue
reconocido por San Martín y Belgrano, con quien lo unió una profunda amistad.
Durante seis años, la frontera Norte fue una muralla para los realistas. Los
infernales frenaban las avanzadas del enemigo, auxiliaban al ejército del Norte
y permitían el despliegue de San Martín preparando el Paso de los Andes. Sin
embargo, en plena lucha por la Independencia, ya existía la grieta entre los
defensores de las elites que defendían sus privilegios y los que creían que los
sectores populares tenían derechos y no eran solo carne de cañón para que la
patria naciente cambiara de amo.
Las divisiones internas,
la mirada desconfiada de Buenos Aires, los resquemores de la aristocracia
salteña contra Güemes y sus gauchos que ya no querían ser peones esclavizados y
mal pagos, terminaron siendo funcionales al enemigo. Los colaboracionistas
permitieron el ingreso de los realistas a Salta, el 7de junio de 1821. Ese
mismo día, en una encerrona Güemes fue herido y murió el 17. Durante muchos
años, su historia y su lucha solo fue parte del imaginario popular, porque no
era lo políticamente correcto para ser parte de los manuales.
Manuel Belgrano, en
apariencia, tuvo mejor suerte. Recordado como creador de la bandera, uno de
nuestros símbolos identitarios, relegó una vida acomodada por los campos de
batalla, nació rico, murió pobre, solo y honesto. Ese recorte, tan acotado de
su obra monumental, lo despoja de su capacidad política, de su lucidez para la
economía como herramienta para la liberación y de su vocación por la ampliación
de derechos de los excluidos.
Belgrano nació en
Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Su familia destinó todos sus recursos para
enviarlo a España para que estudiara abogacía. En Europa, la Revolución
Francesa abría puertas, ponía en tensión todo y el joven Manuel se empapó de
las nuevas ideas. Volvió recibido, con un cargo en el Consulado Español. Pero
en vez de trabajar para el Imperio, se dedicó a fomentar la industria, mejorar
la manufactura, impulsar la educación en oficios, para ello creó escuelas de
dibujo técnico, náutica y matemáticas. También tuvo en cuenta la educación de
las niñas, en tiempos donde se las relegaba a los espacios privados.
Partícipe activo de
la Revolución de Mayo, fue comisionado a la Mesopotamia. Allí conoció la dura
realidad de las comunidades originarias. En diciembre de 1810 redactó el
“Reglamento Para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los 30
Pueblos de las Misiones” con el objetivo de garantizar su libertad jurídica,
económica y política. Reconocía su cultura, el bilingüismo, la propiedad de los
territorios ancestrales, entre otros derechos.
Fue el primero en
proponer una Reforma Agraria. En 1813 escribió: “Se han elevado entre los
hombres dos clases muy distintas; la una dispone de los frutos de la tierra, la
otra es llamada solamente a ayudar por su trabajo la reproducción anual de
estos frutos y riquezas o a desplegar su industria para ofrecer a los
propietarios comodidades y objetos de lujo en cambio de lo que les sobra. El
imperio de la propiedad es el que reduce a la mayor parte de los hombres a lo
más estrechamente necesario”.
Este hombre de leyes
se hizo militar para defender la revolución naciente. Luchó más con la necedad
porteña, que retaceaba suministros a la defensa del Ejercito del Norte. Con
poco y nada, Belgrano sostuvo a su ejército; en coincidencia con Güemes,
priorizaba al gauchaje, entendiendo que era ese pueblo el protagonista de la
liberación. La epopeya que fue el éxodo Jujeño refleja la capacidad que tuvo
para crear conciencia entre los sectores populares.
Fue el único militar
que reconoció y honró a las mujeres que lucharon a su lado. Se calcula que
participaron de su ejército alrededor de ciento veinte. Belgrano nombró
Capitanas a tres: Juana Azurduy, María Remedios del Valle y Martina Silva de
Gurruchaga. Creó ocho banderas, pensando cada una como símbolo de la lucha por
la independencia, incluyendo la posibilidad de un Monarca Inca como una
estrategia de evitar el regreso de monarquías absolutistas, lograr la
liberación de todo el continente y la unificación del territorio. Coincidía con
San Martín y Güemes en este punto, porque la idea de la “Patria Grande” no era
un delirio, sino un proyecto político concreto.
Evidentemente el
ideario de Belgrano tampoco era políticamente correcto, para la historia del
bronce que necesita de hombres poderosos y omnipotentes. Hablar de democratizar
la propiedad de la tierra, la educación, la justicia, el reconocimiento de las
culturas originarias, es poner en marcha sueños colectivos. Demasiado
revolucionario para la mente conservadora de los cultores de privilegios de
ayer y de hoy. Por eso lo traicionaron, le negaron todo y lo condenaron al
ostracismo.
Recuperar estos
ideales, traerlos al presente, trasladar sus acciones al cotidiano escolar es
la mejor forma de honrarles. Entendiendo que actuaron siempre desde el amor por
su pueblo. Retomar sus banderas, para enseñar y aprender que vivimos en un gran
país, construido colectivamente, en el que las clases populares han sido
capaces de resistir a la opresión y el olvido, sin cultivar la sed de venganza,
sino la búsqueda de justicia en pos de construir un país libre y soberano es el
desafío cotidiano que tenemos como educadores.